El bostezo es uno de los gestos más universales y enigmáticos del ser humano. Todos lo hemos experimentado: llega de repente, a veces acompañado de cansancio, aburrimiento o simple rutina. Sin embargo, guarda un detalle fascinante: el bostezo es contagioso. Basta con ver a alguien abrir la boca y estirarse para que nuestro cerebro active el mismo impulso.
Lo curioso es que, a pesar de lo común que resulta, la ciencia aún no ha llegado a un consenso sobre por qué ocurre ni qué función cumple. A lo largo de los últimos años, múltiples investigaciones han intentado descifrar este fenómeno, relacionándolo con la empatía, el desarrollo social y hasta con la biología evolutiva de distintas especies.
Este artículo busca explorar lo que la ciencia ha descubierto —y lo que todavía permanece en la sombra— sobre el bostezo, desde los estudios en niños y animales, hasta las hipótesis que cuestionan su vínculo con la empatía.
El origen del bostezo: un reflejo evolutivo
El bostezo no es exclusivo de los humanos. Se observa en la mayoría de los mamíferos y en diversas aves. Esto sugiere que se trata de un comportamiento antiguo en términos evolutivos.
Las hipótesis sobre su función son variadas:
- Regulación cerebral: algunos investigadores sostienen que el bostezo ayuda a enfriar el cerebro, favoreciendo un mejor rendimiento neuronal.
- Oxigenación: antiguamente se creía que bostezar servía para incrementar los niveles de oxígeno, aunque esta teoría ha perdido fuerza con estudios recientes.
- Aumento de alerta: otros plantean que es una señal para mantener al organismo despierto y preparado en situaciones de somnolencia o aburrimiento.
El bostezo contagioso en humanos: la hipótesis de la empatía
Un hallazgo clave en la investigación provino de un estudio de 2010, publicado por John Wiley & Sons para la Universidad de Connecticut. Allí se observó que los niños no muestran bostezos contagiosos hasta los 4 años aproximadamente.
¿Por qué es relevante este dato? Porque esa edad coincide con el desarrollo de la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar de otro y reflejar sus estados emocionales. Antes de esa edad, aunque los niños bostecen de manera natural, no lo hacen como respuesta automática al bostezo de otra persona.
Esto llevó a los investigadores a proponer que el bostezo contagioso es, en parte, un indicador del surgimiento de la empatía en los humanos. Una especie de “espejo social” que refleja el vínculo emocional entre individuos.
Evidencia en el reino animal
El bostezo contagioso no es un fenómeno exclusivamente humano. La ciencia ha documentado su presencia en diversas especies sociales:
- Chimpancés y macacos: bostezan tras ver bostezar a sus congéneres, lo cual sugiere un mecanismo de contagio emocional en primates cercanos a nosotros.
- Perros domésticos: algunos estudios muestran que los perros pueden bostezar después de observar a humanos bostezando, lo que refuerza la hipótesis de que el contagio depende de vínculos sociales.
- Lobos: se ha registrado que el bostezo contagioso ocurre más entre individuos que tienen lazos cercanos dentro de la manada.
- Ovejas: experimentos demostraron que las ovejas bostezan más cuando pueden ver a otras bostezando, en comparación con cuando están aisladas.
- Aves como periquitos: también muestran señales de contagio, lo que abre el debate sobre si este fenómeno trasciende aún más allá de los mamíferos.
El debate científico: ¿empatía o simple imitación?
Aunque la hipótesis de la empatía es atractiva, no todos los estudios la respaldan.
En 2014, un equipo de Duke University analizó el fenómeno en 328 adultos. Los participantes vieron videos de personas bostezando y completaron cuestionarios sobre empatía, niveles de energía e inteligencia. Los resultados fueron claros: la empatía no explicó significativamente la variabilidad de bostezos contagiosos.
El único factor que mostró correlación fue la edad: mientras más mayores eran los participantes, menos probable era que bostezaran. Pero incluso así, este factor solo explicaba un 8 % de las diferencias individuales. En otras palabras, la mayor parte del fenómeno seguía sin explicación.
Este hallazgo cuestiona la idea de que el bostezo contagioso sea una medida directa de empatía en adultos. Podría ser que en los primeros años de vida exista una relación más clara, pero que en la edad adulta entren en juego otros factores biológicos, neurológicos y sociales.
Lo que la ciencia sabe (y lo que no)
A partir de los estudios revisados, podemos resumir así:
Lo que sabemos
- El bostezo es universal y aparece en numerosas especies.
- En humanos, el bostezo contagioso surge alrededor de los 4 años, junto con la empatía.
- Animales sociales como chimpancés, perros y lobos también muestran contagio de bostezos, lo que sugiere una función de cohesión grupal.
- La verdadera función biológica del bostezo.
- Por qué en adultos la empatía no siempre correlaciona con el contagio.
- Qué otros factores —genéticos, neurológicos, culturales— explican la variabilidad individual.
- Si el bostezo contagioso es un subproducto de procesos sociales más complejos o una adaptación específica para sincronización grupal.
Conclusiones
El bostezo, tan cotidiano y aparentemente trivial, sigue siendo un enigma científico. Su carácter contagioso conecta biología, psicología y sociología, desde el cerebro que busca autorregularse hasta las comunidades que se sincronizan de manera inconsciente.
Lo que parece claro es que el bostezo contagioso refleja más que cansancio: es un fenómeno profundamente social que podría estar vinculado con nuestra capacidad de compartir estados, ya sea a través de la empatía o de mecanismos más primitivos de imitación.
En definitiva, el bostezo nos recuerda que incluso los actos más simples pueden contener secretos evolutivos y sociales de gran complejidad. Y que la ciencia, aún en lo más ordinario, encuentra misterios extraordinarios por resolver.